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        2008/03/21

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Travesías Kayakeras por el Mar de Ansenuza

Salvación, no es isla, es atolón

(Nota: El texto de este relato está disponible en formato PDF.)
    Texto y redacción: Diego Villafañe
    Estadísticas, correcciones y georeferenciación: Roberto Milano

    Objetivos centrales de la travesía: 

    Disfrutar desde una concepción holística1 la navegación por Ansenuza,
    mar interior de agua salada, quinto a nivel mundial por su extensión,
    ubicado al noreste de la provincia de Córdoba, de aproximadamente 140
    Kilómetros de ancho por 120 de largo; sitio que cumple con todos los
    criterios de "Ramsar" (O.N.Gs Suiza, reconocida como el único convenio
    medioambiental que se ocupa de un ecosistema específico) y es
    considerado uno de los humedales más importantes en Argentina, por la
    riqueza de su biodiversidad. Explorar la región central de la mar, aún
    no relevadas ni descriptos en crónicas de navegación, a los que no han
    llegado navegantes sin ayuda de elementos propulsores mecánicos.
    Verificar si la supuesta isla Salvación, en el centro mismo de la mar,
    es tierra firme en la cual es posible acampar o se trata un puñado de
    árboles secos (monte chaqueño), una tosquera o un atolón.  Visitar otras
    islas de la zona, todavía no exploradas por el grupo kayaquero, como
    Monte de las Yeguas.  Tiempo previsto: cuatro días, más uno de reserva,
    a mediados de marzo 2008.

    Siempre se programa un día extra por eventuales dificultades, atendiendo
    especialmente a las cambiantes condiciones meteorológicas. Se considera
    navegable cuando el viento, la variable de mayor influencia, no supera
    los 28 Km/h. Campamento base: Campo Mare, península de cuatro kilómetros
    de largo por dos de ancho, ubicada en la costa suroeste de Ansenuza.
    Distancia total aproximada a recorrer: 120 kilómetros.

    Recursos tecnológicos: fotografías satelitales: NASA, CONAE y LANDSAT 7,
    geo-referenciadas en los dos GPS (navegadores satelitales). Unidad
    meteorológica con predicción para 12 horas. Anemómetro portátil. Brújula
    y compás de navegación. Telefonía celular (utilizable sólo en el 20% del
    trayecto). Pronóstico meteorológico satelital.  Participantes,
    procedencia y embarcación utilizada:

    - 

    Roberto Milano y Diego Villafañe de Villa María, provincia de Córdoba.
    Kayak: SDK Kaiken doble travesía. 

    Ambos integrantes del "Peperina Team", 100% cordobés. El Peperina
    Team, es una entidad no oficial ni institucionalmente constituida,
    simplemente un grupo de cordobeses amigos nucleados alrededor de la
    iniciativa de Carlos Nieto. Para mayor información contactarse con: 
    
http://jcoppens.com/kayak/
o para suscribirse a la lista de correo:
http://lists.jcoppens.com/listinfo.cgi/grupo_peperina-jcoppens.com

Jornada I (44 km)

Mare - Monte de las Yeguas - Isla Tortuguita - Isla Hueco. Encuentro inesperado y salvaje.
    La noche del miércoles ya estamos instalados en Campo Mare, el
    clima tan cálido como los estimados anfitriones: Pichón y Negrita Mare,
    que en la larga charla nos cuentan de una misteriosa aparición:

    - Hace unos pocos días apareció un bote a la deriva, se encalló 
      en la costa y nadie lo ha reclamado. Le informamos a Godoy 
      (guardafauna)... pero no saben de quién podrá ser...
    - Pero, ¿es un bote nuevo? (Preguntamos)
    - Más o menos. Aclara Pichón. Es un bote de pescadores, el casco es de
    fibra de vidrio, y está navegable...

    Charlamos largo rato y le pasamos el parte de navegación para los
    próximos días, derrotero previsto y estado del tiempo: las dos primeras
    jornadas serán de intensa exploración de islas y lugares aún no
    alcanzados. Sabemos que estará complejo recién el día sábado, con viento
    fuerte del sur y posible tormenta eléctrica, mejorando domingo y lunes.
    Somos optimistas y confiamos en la ayuda de Eolo, ya que contaremos en
    algunos sectores de navegación con viento suave de popa que dará a las
    naves unos nudos más de empuje y velocidad. Todo esto según el aporte de
    la información de los portales cibernéticos (www.windguru.com /
    www.terra.com.ar). Mañana sabremos en cuánto acertó uno o el otro.

    Estaremos alertas a los caprichos de la Diosa Ansenuza y dificultades de
    este particular espacio geográfico, siempre cambiante y diferente, de
    ahí la particular atracción y tremendo respeto que nos provoca, lo que
    forma parte de postura filosófica del kayakismo holístico. Sólo tenemos
    preocupaciones respecto al agua potable, ya que el intenso calor y
    elevada humedad de estos próximos días exigirá mayor consumo, por ello
    cargamos litros extra, en total llevamos cerca de 30 litros de agua
    potable, parece mucho, pero el consumo suele ser muy elevado, pensando
    en jornada de 7 ó 8 horas de remo.

    Despertamos temprano, a las 07:00 horas estamos desayunando y disfrutamos
    la salida del sol desde el iglú junto al casco de la estancia, los Mare
    duermen aprovechando la tranquilidad del entorno. Con la ayuda del auto
    bajamos el kayak hasta la playa, distante un kilómetro. La playa está
    como siempre, se ve suave, fina, limpia, esta espléndida y extensa, se
    nota la bajante de las aguas de la mar, según los locales hace más de 12
    años que no desciende tanto, ya van poco más de dos metros desde la cota
    máxima registrada en el 2003. Otro misterio más del comportamiento del
    Mar de Ansenuza, que poco a poco ha comenzado a ser estudiado
    científicamente, tal es el caso del Biólogo Erio Curto que durante el
    2007, con otros investigadores de la naturaleza, ha editado un importante
    libro titulado Bañados del Río Dulce y Laguna de Mar Chiquita (Academia
    Nacional de Ciencias - Córdoba - República Argentina), en el cual se
    describen y explican muchos de los curiosos e intrigantes fenómenos
    naturales de la región.

    Descargamos el kayak con algo de retraso, a las 09:23 horas la térmica ya
    ronda los 27° con sólo 7 Km/h de viento del sector sudoeste (190°) casi
    de popa, ¡por fin algo de ayuda de Eolo!

    Aprestamos los últimos detalles, nos despedimos de tierra firme y
    partimos con rumbo 30° (noreste) hacia la isla Hueco de los Locos (no
    hemos podido averiguar fehacientemente el origen del nombre), pero la
    denominación llama a imaginar divagantes conjeturas.
 
    Avanzamos con buen ritmo y mediano esfuerzo, negocio redondo, surcando
    con tranquilidad las por ahora suaves ondas de Ansenuza que no superan el
    medio metro, la diosa sanavirona de la leyenda, protectora del lugar
    parece decirnos: - Vengan tranquilos, pasen... Pero hay que desconfiar un
    poquito, está demasiado amable y sabemos por experiencia que es muy
    celosa con los visitantes, sobre todo con los que no respetan el entorno,
    si ha seguido los anteriores viajes de este grupo sabe de nuestras
    intenciones de conservación y preservación del ecosistema, ¡confiamos en
    su buena memoria! Queremos saber más, para proteger mejor.

    Ya habiendo recorrido unos 10 kilómetros estamos rodeados de mar, nada de
    costa a la vista en los 360°, guiados por los navegadores satelitales,
    compás y las cartas satelitales que nos indican que vamos justo hacia
    destino, un antiguo campamento de pescadores próximo a la punta oeste de
    Huecos.

    Cuando el instrumental nos marca que estamos aproximadamente a 8
    kilómetros aparecen en el horizonte los primeros vestigios arbolados de
    la isla. La mar sigue igual, con viento suave del sudoeste, pero la
    temperatura comienza a apretar, estamos a casi 40° al sol, sabíamos que
    sería una jornada muy cálida y nos obligaría a tomar mucho líquido, pero
    por el momento todo está bajo control.

    Al ir jugando con las distancias que marcan los navegadores advertimos
    algunas diferencias entre ellos, en cuanto a la localización del puesto
    sobre la playa, unos 8 ó 9 grados, descubrimos que el mío necesita una
    recalibración sencilla de la brújula digital, lo haré apenas toque tierra
    firme.

    Pasado el mediodía, luego de 03:29 horas de remo sin parar, a un
    excelente promedio de 8,1 km/h, arribamos a la zona del campamento en
    Isla Hueco, la extensa playa de arena fina evoca representaciones
    mentales de las cotizadas islas caribeñas, sol a pleno, mucho calor
    (39°), el denso monte selvático a pocos metros de la arena, se acompaña
    con el constante barrido de las acompasadas olas que acarician la playa
    sin cesar, dentro del agua como un arrecife que rodea completamente la
    isla (constante en todas ellas) el ejército inmóvil de cientos, miles de
    talas, chañares, algarrobos, quebrachos y mistoles ofician de laberinto
    perimetral que dificulta el acceso, pero no para los kayaks que se mueven
    en este ambiente como aves en el cielo. Y por supuesto, con los elegantes
    flamencos de fondo, custodios fieles en todos los rincones de la mar…
    Siempre atentos, siempre expectantes, siempre presentes. Impresiona esta
    postal, que la tengamos aquí en la propia provincia, simplemente
    maravilloso y sin humanos a la vista.

    Reponemos las bebidas isotónicas, reforzamos el protector solar y
    almorzamos a la sombra de unos mistoles que debaten su hábitat entre el
    monte y la playa; cuesta levantarse y subir nuevamente al kayak para la
    segunda etapa de día, 100% exploratoria, hacia Monte de las Yeguas y la
    Isla Tortuguita, satélite de Hueco (ubicada del otro lado, teniendo en
    cuenta la ubicación actual). Marcamos el primer waypoint hacia Monte de
    las Yeguas, no está lejos, unos 6,2 km. Nos motiva sobremanera ir a
    lugares desconocidos, en este caso Monte de las Yeguas, ¿qué es en
    realidad?, ¿un islote, un atolón, una isla con vegetación, o sólo toscas
    y árboles muertos quemados por la sal? En poco menos de una hora
    esperamos resolver el misterio.

    Durante la marcha reflexionamos sobre las dificultades de acceso a estos 
    parajes, el atravesar la maraña del bosque xerófilo semi sumergido
    petrificado por la sal, ambiente muy peligroso para las embarcaciones a
    motor y los cascos de las lanchas, conocemos varios casos de trágicos
    naufragios sin final feliz, por un lado es una suerte, habrá menos
    depredación, pero por otro escasas posibilidades de rescate en caso de
    emergencia; por ello se impone agudizar las precauciones.

    A unos 4 kilómetros antes del arribo sólo se ven algunos árboles muertos
    en el horizonte, no parece algo muy importante. Menos 3, menos 2 y todo
    repetido, árboles sin vida hundidos en la mar. Pero las sorpresas
    comienzan, menos 900 metros y una pequeña línea de tierra comienza a
    avistarse: - ¡Vamos Monte de las Yeguas, aguante todavía!

    Menos 400, menos 300 y la línea se transforma en una barranca pequeña que
    debería tener aproximadamente 1 metro de altura, según los cálculos a
    distancia. Algo no es lo habitual en el Monte, hay movimientos raros,
    sobresalen unos 6 ó 7 flamencos muy grandes, pero no están en el agua
    cribando, están extrañamente en tierra… que raro… Menos 200, menos
    150 metros y ya no hay dudas ¡es un nidal!, es lo que siempre quisimos
    ver en tantos viajes a Ansenuza y nunca pudimos vivir. Hay huevos y
    pequeños por toda la isla que se asoman con curiosidad.

    Menos 100, menos 50 metros, la excitación y adrenalina están en su
    máximo punto. Los sorprendentemente pocos ejemplares adultos comienzan a
    ponerse tensos al percibir el arribo del kayak y empiezan a arriar a sus
    hijos, en espectáculo imponente. Hay grupos de cientos, otros de miles
    de cabezas pardas con el plumaje suave y corto, aún no pueden volar,
    ¡qué maravilloso movimiento! Para bienes, en medio de la barranca, hay
    una rampa de arena especial para bajar del bote. Roberto no espera
    demasiado y se tira al agua unos metros antes de llegar, le recrimino: -
    Hey, ¿a dónde vas?, hay que asegurar primero el bote...

    Es muy difícil describir con palabras la vivencia de estar en medio de
    un nidal de flamencos, rodeados de pichones de todos los tamaños, huevos
    y los curiosos montículos cónicos de barro que construyen, rematado por
    una pequeña depresión en la que deposita por lo general un solo huevo.
    Recordamos que las crías se alimentan de comida regurgitada por los
    padres durante 75 días, aunque pueden alimentarse por sí mismas al cabo
    de unos 30 días, edad que quizás deben tener los ejemplares más grandes
    que vimos.

    Registramos todo, fotos y filmaciones por acá, por allá, podemos tomar
    en nuestras manos a un par de suaves pequeños, la resistencia y los
    nerviosos pataleos del palmípedo hicieron que aflojara sus esfínteres y
    me vaciara sus tripas chorreándome hasta el codo… ¡qué descontrol!.
    Luego, Roberto observa que un grupo nutrido de pichones comenzaban a
    zambullirse huyendo en un compacto pelotón, cuando de repente, un
    rezagado quedó atrapado en una rama, panza para abajo, dando pataleos al
    aire, sin poder zafar de la comprometida situación. Gran satisfacción
    fue para mi compañero poder ayudar al desvalido animal, dándole un suave
    empujón y al agua junto a los demás! Todos estos momentos "no
    tienen precio". La naturaleza siempre nos regala vivencias
    inesperadas.

    Los demás pichones han seguido a los mayores hacia un rincón alejado del
    islote, entre aguas y tosqueras. No los fastidiamos más, sólo queremos,
    como lo ratifica el filósofo Paul Ricoeur, "conocer más para
    comprender mejor", no se puede querer ni proteger lo que no se conoce,
    debemos ayudar a mantener el equilibrio de este fascinante ecosistema
    que no deja de sorprendernos con sus misterios y bellezas.

    Fieles a la filosofía holística, nada se ha modificado, nada se ha
    quitado ni agregado, ni cambiado de lugar, sólo nos llevamos las
    impresiones en las cámaras e imágenes mentales que no se borrarán jamás.

    Agradeciendo a la Diosa Ansenuza que nos permitió conocer otro más de
    sus secretos mejor custodiados, con premura embarcamos nuevamente, el
    sol ha comenzado su descenso desde el cenit. Fatigados por el calor, la
    intensidad del esfuerzo, las olas más marcadas y la excitación del
    encuentro con el flamencal salvaje, cruzamos la rompiente y hacemos una
    breve parada en la Tortuguita, pequeña y bella isla con abundante
    vegetación en su centro y playas de fina arena con importante declive.
    Siempre con la atenta mirada de varios flamencos de gran porte, seguimos
    viaje, nos corre la bajante de inti, queremos llegar al puesto con luz
    natural para armar el campamento. Ingerimos algunos hidratos y le damos
    palas a los últimos kilómetros, rodeamos la punta este de Hueco y con
    más de 44 kilómetros recorridos y vivencias que nunca podremos olvidar
    hacemos pie en la zona del acampe. Armamos rápido, Roberto enciende la
    fogata que gana altura y fuerza mientras el sol se pierde en el
    horizonte rodeado de un halo acogedor de nubes y bruma, tremendo
    contraste, una belleza. Pero no todo es placentero en la isla, las
    hordas de pequeños insectos voladores: moscas, jejenes, tábanos,
    mosquitos y demás, nos estresan con su incesante zumbido, hay que
    reponer periódicamente el repelente, que parece por momentos no
    alcanzar. ¡Qué calor y humedad!, casi no hay viento y la térmica a las
    21 horas es de 31°.

    - A prepararse que están saliendo los primeros cortes... Anuncia
    Roberto, es que esta noche tenemos proteínas a full, carne asada de
    primera, a la parrilla, un lujo mundano para la primera jornada. Casi
    nos devoramos los platos...

    Está duro para pegar el ojo, el calor no afloja y el viento, ahora que
    lo necesitamos no aparece. Mañana será una jornada larga y dura, si el
    tiempo nos acompaña como esperamos pondremos rumbo hasta el centro mismo
    de la mar, donde nunca llegamos, donde esperamos encontrar un trozo de
    tierra firme y hacer pie en la esquiva isla Salvación. Nos dormimos con
    la ilusión de que el descubrimiento nos sorprenda, otra vez...
  

Jornada II (52 km).

    Llegamos a Salvación, centro de la galaxia Ansenuza...

    A las 08:47 horas, con unos 40 minutos de retraso según nuestro cálculo
    más ambicioso, con todo cargado y estibado nos hacemos a la mar, el
    tiempo está muy bueno, la anunciada rotación del viento al NE ya está
    establecida y se nota, las olas de frente de medio metro sacuden el
    Kaiken "Mare Magnum", que sin perturbarse corta el oleaje sin acusar
    recibo, los que sí acusan recibo son nuestros brazos que deben hacer más
    fuerza para avanzar, cuesta mantener la velocidad entre 7 y 8 km/h.
    Hasta Salvación, según las cartas georeferenciadas serán 18 kilómetros.

    Menos 10 km y nada alrededor, para ningún punto cardinal, estamos más
    lejos que nunca rodeados de kilómetros de agua salada, ¡estamos
    llegando al centro geográfico de Ansenuza! La mar está limpia, ni palos
    ni algas ni flamencos, sólo algunas gaviotas exploradoras que se posan a
    descansar sobre el ondulado desierto salado. En estas difíciles
    condiciones de navegación, sin posibilidades de rescate ni apoyo,
    ratificamos una vez más las inmejorables prestaciones de los kayaks
    dobles, que se adaptan como ninguno a estas particularidades de la mar.
    Hablamos tanto de lo estratégico y de las prestaciones técnicas (mayor
    velocidad, estabilidad y asistencia), como del control psicológico y
    estrés de los navegantes. El poder pensar en conjunto soluciones
    alternativas y toma de decisiones para cada una de las múltiples y
    complejas variables que nos presenta el contexto, es una ventaja
    demasiado generosa desde lo anímico-emocional como para pensar en
    utilizar los kayaks singles, que por supuesto, nos agradan muchísimo,
    pero para otros espacios y prestaciones.

    Ya a unos 4 kilómetros, justo en la dirección de Salvación, comenzamos a
    distinguir la silueta de árboles altos, ¡es nuestra isla!. La arboleda
    juntita parece que tiene vida, ¿o será una ilusión óptica que nos hace
    ver lo que no es? .

    A menos de un kilómetro se nos esfuman las ilusiones, en compañía de
    tres flamencos escuchamos el rugir de la rompiente sobre un borde casi
    invisible, es otro bosque petrificado. El lugar es una barrera de
    árboles muertos y dos o tres tosqueras, barrosas, irregulares,
    resvalazidas y con no más de 30 centímetros de altura. Lo que significa
    que no se pueda armar ninguna carpa ni campamento y que las olas
    provocadas por un viento moderado la pasarían fácilmente por encima;
    pero si se pueden estirar las piernas sobre suelo firme. Es lo que
    hay...

    Algo desilusionados con el descubrimiento, almorzamos los emparedados de
    proteínas (pollo y carne roja) que nos quedan, observamos gran cantidad
    de alevinos de pejerrey que juegan entre los canales de las toscas, los
    atraemos con migas de pan, se dan un festín.

    Mientras le cambiamos la calificación al lugar: atolón por isla, más
    allá de que nos hubiera gustado encontrarnos con un islote acogedor, con
    playas de arena, selva y monte, hay muchos aspectos positivos para
    rescatar:

    - Hemos llegado a un lugar remoto de Ansenuza, estamos parados en el
    centro mismo de la mar, un lugar muchas veces deseado y tantas otras
    negado por el clima adverso.
    - El lugar es profundo, sólo aflora un archipiélago de atolones de no
    más de 500 metros de largo por 100 de ancho (entre todos), esto quiere
    decir que se puede navegar perfectamente hacia el norte, por lo menos
    hasta las islas (a 25 kilómetros) de la boca del Río Dulce (a 40
    kilómetros). Datos más que interesantes para poder realizar en un futuro
    cercano la travesía extrema que tenemos prevista: cruzar todo Santiago
    del Estero por el Dulce, pasar por los intrincados bañados y atravesar
    la Mar de norte a sur.
    - Si bien no se puede armar una carpa en el lugar, si es apto para
    descansar y estirar las piernas cuando se hacen largas mangas de
    navegación.

    En este espacio de reflexiones también pensamos en el equipamiento
    necesario para transitar por estos parajes tan extremos y aislados. Se
    reconoce el valor agregado de los materiales técnicos específicos para
    estas travesías, al adquirirlos quizás se dude por su costo elevado pero
    las prestaciones se pagan con creces en estas situaciones límite.

    Mientras reforzamos el protector solar, el calor agobia, ya supera los
    38°, pienso en lo interesante que sería seguir hacia el norte hasta la
    isla Boca (25 km), pero ya no podríamos regresar en esta jornada,
    deberíamos jugarnos a que se puede acampar en ella (la imagen satelital
    muestra una superficie similar a Hueco). Roberto no está de acuerdo, no
    le parece una opción segura. Sí, es una opción arriesgada, mañana se
    anuncia tormenta del sur, lo que sería remar con viento en contra más de
    60 km (lógicamente improbable), aún si aguantáramos el tremendo
    esfuerzo, no nos daría el tiempo de luz natural, estamos además con la
    mitad de las reservas de agua potable. Recordemos que aquí no hay
    posibilidades de rescate. Sí, es una opción no recomendada, pero qué
    fantástico sería saber aún más, la curiosidad mueve montañas, genera
    evolución y conocimientos. La frase me estalla en la cabeza: ¡es ahora
    o nunca...

    Por suerte mi compañero de travesía es más cauto, priman sus
    argumentaciones y decidimos regresar, tenemos unos 24 kilómetros hasta
    la punta este de la isla mayor (Mistolar) y otros 7 kilómetros más hasta
    el puesto central de la costa sur, el que consideramos ideal para hacer
    en días posteriores el cruce final a Mare. Será una tirada muy larga,
    por lo que programamos una parada de estiramiento en La Tortuguita (de
    paso).

    Apenas reanudamos la navegación hay malas noticias, supuestamente
    tendríamos viento a favor, de popa (30°), pero no, ha rotado
    inesperadamente al sureste (160°). ¡Otra vez en contra! Se escuchan
    varias protestas, algunas groseras, pero Ansenuza no escucha reclamos y
    ratifica el cuadrante, a sufrir un poco más de lo esperado.

    En menos de dos horas ponemos pie en La Tortuguita, nos reciben sus
    finas y cálidas arenas, qué lindo sería quedarse acá y relajar el
    cuerpo. No podemos, tenemos que buscar una mejor ubicación estratégica
    para esperar la tormenta sur de mañana. Saludamos y fotografiamos a
    cinco rosados grandes que se ven casi fluorescentes con el sol que se
    acuesta sobre el horizonte, no nos cansamos de ver tanto colorido y
    gracia salvaje.

    Doblamos en la punta oeste de Hueco y marcamos derecho hacia El
    Mistolar, ya la fatiga se hace sentir, las paladas desgarran el desierto
    salado ya sin el ímpetu de las primeras horas, los brazos se mueven por
    inercia, vamos y vamos que llegamos. Cruzamos la punta este de la gran
    isla y marcamos el punto siguiente en el puesto central, faltan sólo 6
    kilómetros, levantamos el timón por precaución, avanzamos esquivando la
    arboleda petrificada que ahora se acompaña de muchas algas en
    suspensión, al mejor estilo Mar de los Zargazos, imposible pasar con
    otra embarcación que no sea un kayak.

    La mar está planchada, una extraña bruma nos envuelve y cubre el sol que
    no se quiere ir a dormir, no se distingue el horizonte, no hay límite
    visible entre el agua y el cielo. Varios coscorobas (cisnes) alertan
    sobre el paso de Mare Magnum que no se detiene, va y va, desandando el
    laberinto de leñoso monte retorcido y pálido. Menos 300 metros, menos
    100, ya llegamos, por fin.

    Antes de desarmar todo, bajamos a inspeccionar, el lugar está excelente
    por su ubicación estratégica, pero hay mucha basura dejada por los
    inescrupulosos y depredadores pescadores, parece que han venido hace
    poco. Lamentable espectáculo humano. Limpiamos y ordenamos un poco el
    espacio debajo del monte, hacemos lugar para la carpa, debemos darnos
    prisa, queda poco de luz natural, los zumbadores están a full con el
    poco viento y el calor.

    Reponemos hidratos y fluidos, nos higienizamos, sacándonos todo el
    salitre acumulado. Luego preparamos la cena, algo fresco: jardinera de
    vegetales, potenciada con huevo duro, atún y choclo, aceite de oliva,
    sal y mayonesa... Todo acompañado por queso fresco y pancitos caseros
    (chipás) elaborados en vivo bajo las brasas por el chef Roberto Milano,
    un lujo total.

    El calor sigue muy potenciado, aún no se ven señales de la anunciada
    tormenta, pero Roberto se ha podido comunicar vía celular con Sandra que
    ha confirmado el pronóstico, se acerca el sur, esperemos que llegue
    pronto para aliviar el calor. Armamos la carpa sin el sobre techo para
    tener mejor ventilación. Aproximadamente a las 03 de la mañana se
    escuchan los sordos ronquidos de la tormenta que se aproxima, nos
    levantamos a asegurar el sobretecho, todo listo, a seguir con el
    descanso merecido.
    

Jornada III (19 km - Trekking)

    Los secretos internos del Mistolar. 

    De una noche pegajosa y húmeda pasamos al refrescante viento sur que
    alivió el descanso de la maltrecha musculatura, obligados por la copiosa
    lluvia (alrededor de 30 mm), podemos dormir un par de horas más. Recién
    a las 10:00 horas nos asomamos fuera de la carpa, estamos hambrientos y
    con ganas de proceder a realizar las necesidades básicas.

    Afuera la suave llovizna se acompaña con un sostenido viento del sureste
    (170°), no es el sur imposible y devastador que conocemos, las rachas
    apenas pasan los 35 km/h, pero la mar está muy agitada, no están las
    condiciones mínimas de navegación, esperaremos hasta después del
    mediodía para saber si afloja y podemos hacernos al agua, lo veo
    complicado, está muy nublado y la llovizna no cesa.

    Con el machete en mano nos internamos en el denso monte hasta un pequeño
    claro que habilitamos como comedor, aquí casi no se siente el viento ni
    la llovizna, espléndido reparo para desayunar tranquilos, chocolate
    caliente con leche y barras caseras, bien energético.

    El  Mistolar es la isla meca de Ansenuza, la mayor de la Mar, espacioso
    territorio que hace aproximadamente 35 años, antes de la gran crecida,
    formó parte del continente, más precisamente la costa norte en la que se
    ubicaban varias estancias ganaderas. Posteriormente en la década del
    ’70 el descomunal aumento por tres de la superficie del espejo salobre
    (de ahí la impresionante inmersión actual del bosque nativo), la
    convirtió en isla, dejándola totalmente aislada del continente. De esta
    manera, pasaron aproximadamente 35 años en los que la flora y fauna
    crecieron espontáneamente sin control artificial, creándose
    condicionamientos únicos en la región. Sabemos por las vivencias de
    nuestros anteriores viajes que aquí los animales salvajes han encontrado
    un sitio aislado para reproducirse y multiplicarse, por supuesto
    hablando siempre de los que quedaron luego de la furtiva depredación de
    cazadores y pescadores en décadas anteriores, que llegaron a prender
    fuego a algunos sectores de la isla para cazar con mayor facilidad a las
    corzuelas, zorros grises, maras, peludos, perdices, liebres y otros
    animales salvajes, llegando en algunos casos a la extinción total, como
    el ñandú. Lamentable pero cierto, mientras los encargados del control
    miran para arriba…

    Regresando a la supervivencia de las especies salvajes de la isla, se
    maneja entre los especialistas la hipótesis fundamentada en aportes de
    antiguos criollos nativos y las imágenes satelitales de la región, que
    debería existir una fuente de agua potable abundante, la cual se
    localizaría cercana a la costa norte, a unos 4 ó 5 kilómetros del cabo
    oeste, en medio del casi impenetrable monte. Un análisis detenido de las
    imágenes satelitales se aprecia un curioso corte sesgado (posible senda)
    que llegaría hasta la mencionada aguada, partiendo desde la costa sur.
    Dicho punto de la playa lo he marcado en el GPS, y se encuentra a sólo
    2,4 kilómetros de nuestra posición actual. Aprovecharemos este
    paréntesis ventoso para explorar si es posible transitar desde la playa
    a la aguada. Nos abrigamos y en marcha.

    A los pocos metros ya comenzamos a ver numerosas huellas de zorros y
    quirquinchos. No tardan en aparecer los astutos mamíferos cánidos,
    inquietos y saltarines, algunos ante nuestra presencia se muestran
    curiosos dejando apreciar su espeso y prolijo pelaje, pero otros huyen
    velozmente internándose en los intrincados laberintos del monte. Otro
    espectáculo maravilloso de la vida salvaje del ecosistema. Contamos más
    de diez avistajes sobre la playa.

    Continuando con el derrotero, nos llama la atención encontrar variedad
    de residuos o basura que desechan los humanos, como botellas plásticas
    de gaseosa, juguetes y otros objetos plásticos, presumiblemente
    arrastrados por los fuertes vientos del sur desde la única localidad
    costera de la Mar (Miramar) ubicada a nos 50 kilómetros. Pero hay
    demasiados para que se escapen ocasionalmente de sus dueños, entendemos
    que es urgente efectuar un relevamiento y revisar si desde algún basural
    clandestino o no, se están arrojando estos elementos. Dado el nivel de
    desidia de muchos funcionarios oficiales, no sorprendería que esto así
    suceda y no se tomen medidas al respecto.

    Otra hipótesis plantea Roberto: - Creo que se da un poco de todo, por
    ejemplo las botellas plásticas llenas con agua y tapadas no pueden ser
    arrojadas por otros que no sean los pescadores, al igual que los enves
    de lubricante para motores...

    Luego de una hora de caminata estamos arribando a la supuesta entrada de
    la senda a la aguada, pero nada, arena, selva y monte más impenetrable
    que nunca, si existió ya no queda ni el mínimo vestigio.  - Regresemos
    nomás para almorzar.

    En este trayecto advertimos y medimos que la intensidad del viento se ha
    incrementado, las rachas marcan 45 km/h, sigue la llovizna intermitente,
    será un día de descanso para el kayak.

    Después del abundante almuerzo de hidratos (pastas con salsa suave),
    programamos para media tarde una caminata hasta el puesto del cabo oeste
    de la isla, para ver si podemos encontrar un par de litros de agua
    potable que suelen dejar los pescadores como reserva de emergencia, ya
    que nos quedan apenas 5 litros en total. Luego de los postres, Roberto
    realiza ajustes en la carcasa marina de su cámara fotográfica (cambio de
    memoria), elemento con el que podemos registrar sin restricciones ni
    riesgos todo evento durante la marcha y que nos permite compartir
    imágenes y filmaciones únicas. Mientras tanto, machete y GPS en mano,
    intentaré internarme en el monte por una senda apenas marcada muy cerca
    del campamento, lugar que aún no hemos explorado.

    El piso se ve firme y en subida, por momentos despejado, pero las matas,
    arbustos espinosos, algarrobos y quebrachos impiden un desplazamiento
    fluido, hay que machetear para pasar en cuclillas en varios sectores.
    Hay muchas aves que se ocultan, también restos de mamíferos
    (posiblemente zorro), hasta una perdíz me asusta con su ruidoso y
    repentino despegue. El navegador me marca que ya he recorrido unos 500
    metros, cuando lentamente el monte se abre, ya no tiene la densidad que
    conocemos, camino otros 100 metros, me cuesta creer lo que registro, el
    interior de la isla no es monte cerrado, sino praderas con arbustos
    carnosos y verdes muy bajos, paja brava y árboles esparcidos que coronan
    islotes desparramados entre esta especie de sabana interior. Sigo otros
    600 metros caminando con cuidado por si hay alguna culebra oculta.
    Mientras me mantengo muy atento, pienso que este lugar seguramente habrá
    sido una especie de coto de caza libre para los inescrupulosos
    pescadores, advenidos en cazadores furtivos.

    En medio de la planicie me encuentro con una zanja sin final que corre
    de este a oeste, de un metro de profundidad y 3 de ancho,
    presumiblemente un antiguo camino o arroyo. Marco un punto en el
    navegador, analizo la dirección en que corre, hacia el oeste va en
    sentido del puesto (6 km) y hacia el este va derecho a ¡la aguada! (5
    km). Será este el acceso buscado, es posible, pero se me acaba el
    tiempo, le dije a Roberto que no demoraría más de una hora y media, ya
    que tenemos que ir a buscar agua. Logro vencer con mucho esfuerzo la
    seducción de descubrir nuevas evidencias, me prometo regresar y explorar
    en otra ocasión, seguramente la tendremos, ya hay más datos de donde
    partir.

    De regreso al campamento la llovizna y el viento castigan con más de
    energía. Le comento a mi compañero el hallazgo y sin demoras partimos
    rumbo al puesto oeste (5,6 km) en busca del preciado líquido elemento,
    esperamos encontrar algo.

    Sí, un éxito la excursión, traemos un par de litros, con estos
    zafaremos. El retorno se hace largo, el viento mantiene su intensidad
    pero se han cortado un poco las nubes. Llegamos al campamento con las
    últimas luces, justo para cenar algo caliente: arroz con atún y queso,
    de postre chocolate y hasta mañana, esperando un día excelente.
  

Jornada IV (21 km)

    Regreso tranquilo y encuentro con palistas. 

    Espléndida mañana, despejado, temperatura de 19° a las 09:30 horas y
    escaso viento del este, ideal para el regreso a Campo Mare. Tranquilos
    estibamos todo el equipo, ya no tenemos tanto peso que transportar, nos
    embarcamos, cruzamos la laguna interior protegida por el arrecife de
    árboles y algas, saludamos un par de familias de coscorobas y ahora si
    nos desplazamos por mar abierto. Hay pocas olas, aprovechamos para
    relajarnos en la remada, haciendo algunas producciones fotográficas y
    videos con la cámara sumergible, impecable resultado.

    Ya con la costa de Campo Mare a la vista (9 km), cruzamos dos o tres de
    los canales espumosos clásicos de la mar, explicados muy bien por Erio
    Curto en su libro, se trata de dos corrientes internas formadas por la
    rotación del viento.

    Muy cerca de la costa, a unos 2 kilómetros ante de hacer playa le
    comento a Roberto:

    - Me parece ver allí (un par de kilómetros al sur) una embarcación... y
    es un kayak, parece un doble...
    - Sí, es un kayak, se ven las palas... Debe ser Arnaldo (Martiañez), leí
    en un mail del grupo (foro del Peperina Team) que vendría a Ansenuza,
    quería cruzar a El Mistolar...
    - Pero también se ve otro kayak detrás, y parece un single...

    Pasados unos minutos dos embarcaciones (kayak doble) que parecían uno
    desde la lejanía, se separan.

    - Mirá, hay también una lancha... viene hacia acá.

    En pocos minutos la embarcación motorizada no muy moderna con matrícula
    de Santa Fe y con bastante carga de pertrechos, se aproxima a nuestra
    posición, un solo piloto la tripula, frena intempestivamente su marcha y
    hace una correcta maniobra de encuentro, saludamos.

    Hola, ustedes son Diego y Darío...

    Hola... no... bueno sí, Diego y Roberto...

    Bueno, Diego y Roberto, les manda saludos Arnaldo Martiañez...

    Ok, saludos para Arnaldo, nos parecía que podía ser el.

    Vamos para El Mistolar... Vamos bien en esa dirección?

    La inesperada consulta nos impide dar una respuesta espontánea y
    concreta, en fracción de segundos pensamos en todo el instrumental del
    que disponemos para asegurar los difíciles derroteros, las medidas de
    seguridad que tomamos, las precauciones que hay que tener para navegar
    con lanchas a motor... ¿ómo, que si vamos bien en esa dirección?
    ¿Cuál dirección? ¿Saben a dónde van? ¿Qué harán con la lancha?...

    - ¡Sí..!, bueno.. No pudimos decir otra cosa, ya que el piloto se alejó
    velozmente al oír dos palabras seguidas. ¡Suerte!

    Una pena que Arnaldo no haya realizado las mínimas consultas al Peperina
    Team. Seguramente tendrán suerte. Quizás Eolo y al Diosa Ansenuza les
    ayuden, sino serán titular del periódico local.

    Ya falta poco para concluir otra fantástica incursión por el Mar de
    Ansenuza, es tiempo oportuno para balances y nuevas conclusiones,
    especialmente las que hace Roberto: "A lo largo de estos últimos años,
    vengo realizando estudios sobre la factibilidad de existencia o no de la
    Isla Salvación; para lo cual, se fueron analizando imágenes satelitales
    y cartografía histórica, haciendo comparaciones con toda la información
    actual. Se utilizó cartografía del Instituto Geográfico Militar de antes
    de 1970, años previos a la expansión del gran espejo de agua, donde las
    tierras, montes, campos y obradores, apenas costeaban la vieja laguna.
    Hoy son islas que albergan flora y fauna anegadas por las aguas. Para
    efectuar estas tareas, se utilizaron también diversas imágenes
    satelitales (Universidad de Maryland 2003, CONAE y Google Earth 2005),
    más información fidedigna de los niveles de la mar, suministrados por el
    Biólogo Erio Curto y por el Laboratorio de Hidráulica de la provincia de
    Córdoba.

    Con todos los datos en juego se llegaron a elaborar dos conclusiones: a)
    que la zona de la supuesta isla se encontraría al menos a 1,5 m. sobre
    el nivel actual de la mar y que podría haber algo de vegetación
    arbustiva; y b) que el lugar podría haber sido invadido por el fuerte
    oleaje de las potentes tormentas del sur y que prácticamente estaría
    todo bajo agua. No obstante, podría suceder que el lugar pudiera servir
    al menos de plataforma para bajar del bote. Otra observación interesante
    es que, por medio de la superposición de cartografías históricas con
    imágenes satelitales recientes, la zona en cuestión pertenecería a la
    vieja desembocadura del Río Dulce, principal aporte para la cuenca
    endorreica.

    Evidentemente, estamos en presencia de otro de los tantos fenómenos de
    erosión hídrica de este áspero lugar. El poder de sus aplastantes
    condiciones climáticas pueden echar por tierra todo análisis y teorías
    normalmente sustentables; pero éste no es el primer caso que hemos
    relevado. Basta recordar que la zona de vegetación achaparrada de la
    Isla Tigre, donde habíamos acampado en nuestra primera visita, fue
    encontrada totalmente borrada sólo dos años después. ¡Increíble!."

    Muy bien, ya nos falta poco, las últimas paladas y desembarcamos en las
    espléndidas playas de Mare. De regreso en el casco charlamos largo con
    los Mare que están ansiosos por recibir noticias del centro del universo
    Ansenuza, vemos algunas fotos, nos sacamos la sal y nos despedimos con
    las pieles llenas del increíble aroma del lugar.


    HASTA LA PRÓXIMA
  

Ficha Técnica

Temperatura Máx. en travesía: 43,5°C
Temperatura Máx. noche 21:00 hs.: 31,0°C
Velocidad Prom. en travesía: 6,5 km/h
Velocidad Máx. en travesía: 12,5 km/h
Recorrido a remo: 117 km.
Recorrido trekking: 19 km.

Mapa del Recorrido

Recorrido registrado por GPS Click para ampliar)


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(c) John Coppens ON6JC/LW3HAZ correo